
El cristiano farisaico hoy: orgullo espiritual, tibieza y desprecio del prójimo. Biblia, Catecismo y Magisterio explicados con claridad y sin concesiones.
Introducción: un fariseo puede ir a Misa cada día
Uno de los errores más peligrosos de la vida cristiana es pensar que el fariseísmo pertenece solo al pasado. Nada más lejos de la verdad. El fariseo no ha desaparecido; se ha refinado. Hoy comulga, reza, enseña doctrina correcta… y al mismo tiempo se cree moralmente superior, desprecia al pecador y se convence de que está “más cerca de Dios” que los demás.
Jesús fue durísimo con los fariseos no por su celo religioso, sino por su orgullo espiritual, su hipocresía y su falta de misericordia verdadera. Y lo más inquietante es que sus palabras interpelan directamente a muchos cristianos practicantes.
El fariseo en la Biblia: apariencia de santidad, corazón endurecido
El Evangelio presenta al fariseo como alguien exteriormente correcto, pero interiormente cerrado a la conversión. El ejemplo más claro es la parábola del fariseo y el publicano (Lc 18,9-14). El fariseo no miente: ayuna, cumple, observa la ley. Su pecado es otro: se compara, se exalta y desprecia.
Jesús lo denuncia sin rodeos:
“Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí” (Mt 15,8).
“Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas” (Mt 23).
El fariseísmo no consiste en cumplir la ley, sino en creerse justo por cumplirla, olvidando que todo es gracia.
Vanidad espiritual y orgullo: el pecado más antiguo
El orgullo es el pecado capital por excelencia. El Catecismo enseña que es la raíz de todo pecado porque lleva al hombre a ponerse en el lugar de Dios (CIC 1866).
La tradición cristiana ve en la caída de Satanás —criatura angélica— el primer acto de soberbia: “No serviré”. El mismo dinamismo se repite en el hombre cuando deja de reconocer que todo bien procede de Dios.
La vanidad espiritual es aún más peligrosa: no consiste en gloriarse de riquezas o talentos, sino de prácticas religiosas, cargos eclesiales o supuesta santidad.
San Pablo lo advierte con claridad:
“El que se gloría, que se gloríe en el Señor” (1 Co 1,31).
Lo que dicen el Catecismo y los Papas
El Catecismo enseña que la soberbia lleva al desprecio del prójimo y a la ruptura de la comunión (CIC 2540). Nadie puede considerarse superior porque todos son igualmente pecadores necesitados de redención.
El Papa Francisco ha denunciado reiteradamente el fariseísmo moderno, afirmando que hay cristianos que “usan a Dios para mirarse en el espejo” y que la rigidez moral suele esconder una profunda inseguridad espiritual.
San Juan Pablo II advertía que no hay santidad auténtica sin humildad, y Benedicto XVI insistía en que la fe sin caridad degenera en ideología religiosa.
El cristiano tibio: el aliado silencioso del orgullo
La tibieza es otro gran mal espiritual. El Apocalipsis es implacable:
“No eres frío ni caliente… estoy a punto de vomitarte de mi boca” (Ap 3,15-16).
El cristiano tibio cumple lo mínimo, evita el compromiso real, no lucha contra el pecado y se instala en una fe cómoda. La tibieza neutraliza la conciencia y suele convivir perfectamente con el orgullo: “yo no hago tanto mal”, “otros están peor”.
La tibieza no escandaliza como el pecado grave, pero vacía la vida cristiana desde dentro.
Ejemplos concretos que incomodan
Sacerdotes y religiosos que se creen superiores
Si un sacerdote, religioso o religiosa piensa que vale más que los demás por su vocación, ha olvidado el Evangelio. Jesús fue claro:
“El que quiera ser el primero, que sea el servidor de todos” (Mc 9,35).
El Derecho Canónico recuerda que el ministerio es servicio, no privilegio. La autoridad en la Iglesia no es jerarquía de dignidad, sino de responsabilidad.
Matrimonios que se creen mejores que los demás
Hay matrimonios cristianos que, por llevar muchos años juntos, tener varios hijos o no haber sufrido rupturas graves, miran por encima del hombro a los demás.
A estos matrimonios habría que recordarles que la fidelidad no es un mérito personal, sino una gracia. La Virgen María proclama:
“Derriba del trono a los soberbios” (Lc 1,52).
San José no se impuso, sirvió en silencio.
Cristianos que desprecian al pecador
Jesús fue radical:
“El que esté sin pecado, que tire la primera piedra” (Jn 8,7).
Despreciar al pecador es olvidar que nadie se salva por sus obras. San Pablo exhorta:
“Considerad a los demás como superiores a vosotros mismos” (Flp 2,3).
Todos iguales ante Dios
La Escritura es clara:
“Dios no hace acepción de personas” (Rom 2,11).
“Todos pecaron y están privados de la gloria de Dios” (Rom 3,23).
No hay castas espirituales en la Iglesia. El bautismo iguala en dignidad, aunque haya diversidad de vocaciones y carismas.
Cómo combatir el orgullo, la vanidad y la tibieza
- Examen de conciencia sincero y frecuente
- Confesión regular sin autojustificación
- Servicio oculto y concreto
- Aceptar correcciones
- Oración humilde, no exhibicionista
- Mirar la Cruz: allí nadie puede sentirse superior
Objeciones teológicas habituales (y respuestas)
“Defender la verdad no es fariseísmo”
Correcto. El problema no es la verdad, sino usarla para humillar.
“Hay que denunciar el pecado”
Sí, pero sin despreciar al pecador ni creerse moralmente superior.
“La tibieza no es tan grave”
La Biblia dice lo contrario. Cristo reserva a los tibios una de las advertencias más duras.
El fariseo no sabe que lo es
El cristiano farisaico rara vez se reconoce como tal. Está convencido de que “hace lo correcto”. Por eso es tan peligroso.
¿Nos parecemos más al fariseo… o al publicano?
¿Nuestra fe convierte o separa?
El Evangelio no deja lugar a la autosuficiencia espiritual. Solo el humilde entra en el Reino.