
Señor Jesús,
Hoy quiero hablarte despacio.
Con palabras que no corran.
Con la verdad desnuda de quien ya no tiene nada que defender, porque todo lo ha puesto en tus manos.
Nunca imaginé que te encontraría así.
Nunca imaginé que vendrías a mi vida cuando menos lo esperaba.
Y, sin embargo, llegaste.
Yo ya era católica.
Conocía tu Nombre.
Había escuchado tu Palabra.
Pero no te conocía a Ti.
El primer encuentro verdadero fue en un retiro de Emaús.
Allí, cuando no buscaba nada extraordinario, te hiciste presente.
Como hiciste con los discípulos en el camino: caminabas conmigo y yo no lo sabía, hasta que partiste el pan y mis ojos se abrieron (cf. Lc 24,30-31).
Desde entonces, comenzaste a revelarte poco a poco.
Sin violencia.
Sin ruido.
Con la delicadeza del Amor que no se impone.
Vinieron después las horas interminables de adoración eucarística.
De día y de noche.
En silencio.
Mirándote… y dejándome mirar.
“Miró la humildad de su esclava” (Lc 1,48).
Y yo supe que también me estabas mirando a mí.
La relación creció como crecen las cosas verdaderas: lentamente, atravesando estaciones, madurando en la prueba.
Y, sin darme cuenta, comenzaste a reescribir mi historia.
No añadiste.
Quitaste.
Me fuiste vaciando de todo y de todos.
Y cuánto dolió, Señor.
Cuán difícil fue el proceso.
Enfermedad.
Desprecio.
Rechazo.
Persecución.
Calumnia.
Traición.
Difamación.
Mi vida expuesta.
Reducida a nada.
Una violación de lo más profundo del ser humano: el alma, la conciencia, la esencia, y —sobre todo— la relación con Dios.
Una relación que siempre debió ser sagrada y privada, pero que terminó siendo del dominio público por palabras que sobraron, por juicios que no correspondían, por bocas que hablaron más de lo que debían.
Y me pregunté, con lágrimas:
¿Purificación… o castigo?
Busqué en la Escritura palabras para nombrar mi dolor.
Y las encontré en el lamento de Job:
“¿Por qué me sacaste del seno materno?
Habría muerto y ningún ojo me habría visto” (Job 10,18).
Con Job aprendí a no maquillar el sufrimiento.
Pero también encontré tu misericordia sin juicio.
Encontré al Dios que es justo, que aborrece la mentira y no es indiferente al mal:
“Hay seis cosas que el Señor detesta,
siete que le son abominables:
la lengua mentirosa…” (Prov 6,16-17).
Me refugié en los Salmos.
Hice de mi dolor un canto continuo de alabanza, aun cuando la voz temblaba:
“El Señor está cerca de los atribulados,
salva a los de espíritu abatido” (Sal 34,19).
Y poco a poco entendí una verdad que me atravesó el alma:
sin Ti, no puedo hacer nada.
Si he perdonado, es por Ti.
Si he alabado, es por Ti.
Si soy mejor, es por Ti.
“Separados de mí, no podéis hacer nada” (Jn 15,5).
Porque me miraste.
Porque cuando clamé, inclinaste hacia mí tu oído (cf. Sal 40,2).
Porque, de un modo misterioso, en cada cosa que arrancaste, en cada persona que se fue, dejaste tu semilla.
Y un poco más de Ti vino a ocupar el espacio que antes ocupaban las cosas vanas.
Y también las personas que no me hacían bien.
Y aun aquellas que sí lo hacían.
La desolación fue inmensa.
La aridez cálida del desierto me envolvió.
Creí no resistirlo más.
Pensé que iba a morir.
Y lo pensé de verdad.
Cuando todas las puertas parecían cerradas,
cuando la luz se veía lejana,
cuando no sabía cómo caminar, ni a quién acudir, ni a dónde ir,
me aferré a Ti con más fuerza.
Y entonces comenzaron a aparecer los pequeños tesoros ocultos.
Una sonrisa inesperada.
Una mano tendida donde no la buscaba.
Instantes breves, retazos de vida que, por un momento, me devolvían la sensación de estar viva.
Como un mendigo al atardecer.
Como un sin techo en plena noche.
Tal era la negrura que llegó a envolverme.
Desnuda.
Despojada.
Y enfrente… Tú.
Lleno de Vida.
Te miré.
Y pude ver más allá.
Encontré mi oasis en tus heridas.
En tus adorables llagas.
Y comprendí, con una certeza que no viene de la razón:
“Por sus llagas hemos sido curados” (Is 53,5).
No sé con quién compararme.
Leo la vida de los santos, la de tus apóstoles, y siento que tengo un poco de cada uno.
Aspiro a ser un nuevo Dimas, que en el último instante te reconoce Rey.
Una Magdalena que anuncia tu Resurrección.
Un David y un Pedro, llorando mis pecados.
Un Pablo, en quien ya no vive él, sino Tú (cf. Gál 2,20).
Pero, sobre todo, aspiro a postrarme a tus pies un día,
llorar sobre ellos,
secarlos con mis cabellos,
y ungirte como el Rey que eres.
Hay en mi corazón un dolor que no cesa:
el del mucho mal que he hecho
y lo poco que Tú me reclamas.
¿Por qué eres tan bueno?
¿Por qué me quieres tanto?
¿Qué puedo darte yo, más allá de mi corazón?
Como una costurera experta, tomaste mis heridas una a una.
Las remendaste.
No: las hiciste desaparecer.
Drenaste el dolor.
Llenaste de paz cada vacío.
Y entendí cuán frágil es el amor humano.
Y dónde nunca estuviste, aunque yo te busqué allí.
No hay nadie en este mundo que pueda ocupar ni una mínima parte del espacio que Tú ocupas en mi corazón.
Me rendiste.
Me despojaste.
Y te pusiste Tú.
Y ahora solo pienso en Ti,
allí, donde Tú y yo sabemos.
Me pregunto cómo sería mi vida sin Ti
y ya no logro imaginarla.
No te miento: a veces añoro la normalidad que otros disfrutan —o parecen disfrutar—.
Pero comprendo que mi vida actual es el resultado directo de lo que yo misma te pedí.
Quise ponerme en tus manos.
Quise que eligieras por mí.
Y ahora, cuando la oscuridad empieza a quedar atrás,
cuando comienzo a contemplar tu obra en mí,
me maravillas.
Me pasmas.
Me asombras.
Las puertas que se cerraron,
los caminos que no llevaban a ninguna parte,
lo que terminó,
lo que nunca empezó,
lo que tanto dolió…
Hoy sé que eran pasos necesarios para llegar hasta aquí.
Tú tienes un plan.
Una misión.
Algo que es solo para mí.
Y ahora, después de toda una vida, en su tramo final, recién descubro de qué se trataba.
No sé cuánto queda aún por perdonar.
Cuánta herida por sanar.
Cuánto dolor por ofrecer.
Cuánto por transformar, descubrir, gozar, amar.
Pero sé que estoy lejos —mucho más lejos— de donde estaba antes.
Y me siento diferente.
Tú me has cambiado.
Y lo has hecho para siempre.
Aún me descubro.
A veces me miro al espejo y me pregunto:
¿Quién es esta mujer?
Reconozco la sonrisa antigua.
Los ojos de tiempos mejores.
Encuentro a aquella niña aún intacta, todavía capaz de creer.
Y me pregunto:
¿Así te gusto, Señor?
Y la respuesta es sí.
Lo que otros desecharon, criticaron, intentaron cambiar o borrar,
eso que fue motivo de ataque,
eso que no fue aceptado,
eran mis fortalezas.
Tú las recogiste.
Las uniste.
Y me mostraste que nada importa más allá de tu Amor.
Quisiera danzar contigo toda la vida.
Y que nuestro baile dure por toda una eternidad.
Me lo diste todo.
Me lo pediste todo.
Hay cosas que no comprendo.
Quizás no las comprenda jamás.
Pero para amarte no necesito entenderlas.
Ese Misterio tuyo,
ese esconderte y revelarte,
esos destellos que me dejan sin palabras,
me enamoran.
Cuando no te comprendo,
cuando no sé si ofrecerte flores o lanzarte una piedra del cansancio,
recuerdo tu dulzura.
Miro tu cruz.
Tu sangre.
Tus afrentas.
Y lloro.
Porque yo sí merecía la cruz.
Y Tú, inocente, sin pecado, ocupaste mi lugar.
Entonces vuelvo a dolerme de mis pecados.
Siento vergüenza.
Y vuelvo a enamorarme de Ti,
de mi Dios crucificado.
Y comprendo que ya no puedo dejarte.
Hemos vivido tanto, Tú y yo.
Y a veces me ocurre como al Padre Pío:
ando despistada, tratando de entender —o ni siquiera eso—
si ciertas cosas fueron reales o si pertenecen a un orden que me sobrepasa.
Hay experiencias que no sé nombrar.
Momentos que no sé explicar.
Y, sin embargo, es precisamente en esas cosas que no comprendo,
en esas que no sé si contar o callar,
donde tengo la certeza más firme de que Tú estás conmigo.
Vivo.
Presente.
Real.
Vivo por siempre.
No necesito entenderlas para creer.
Me basta con saber que no me has dejado,
que no te has ido,
que permaneces.
Como decía Santa teresa de Jesús:
“Todo se pasa. Dios no se muda”.
Tu presencia viva,
tu mirada,
tu sonrisa,
tus heridas gloriosas
me han transformado para siempre.
¿Cómo podría renunciar a ellas?
La mayor gracia:
haber aprendido a tratarte íntimamente.
Por eso hoy te doy gracias.
Te pido perdón.
Te alabo.